Verónica



Verónica vive a una mirada de distancia. Si estoy parada delante de la ventana encima de la cocina, Verónica está a un vuelo de mis ojos en el cual cruzan la calle y se posan encima de su balcón cuyo ventanal da, ni más ni menos, que a su cocina. Verónica está un piso más arriba que yo, por tanto, solo puedo ver hasta poco menos que su cintura, no sé si tiene un perro o un gato, o... Bueno, me gusta pensar que tiene un gato naranja que se llama Manuel. Es que, al fin y al cabo, Verónica tampoco se llama Verónica. Nunca hablamos ni ella sabe que yo existo, mas de hecho ella no existe en sí misma, sino que existe bajo el cristal de mi atenta mirada.
Por las mañanas, mientras preparo mi desayuno, observo a Verónica andar en la cocina, esperar pacientemente el agua hirviendo y, mientras tanto, colocar los panes dentro de la tostadora. Incluso aunque esté recién levantada Verónica posee una belleza natural porque es de esas mujeres que, cual artistas, juegan a ser bellas incluso tras pesadillas oníricas. Como siempre que está en aquel área del departamento, lleva su pelo rubio atado con un rodete desordenado. Permanece seria, concentrada. 
Durante las tardes, cuando es hora de la merienda, Verónica repite este mismo proceso. Su boca nunca esboza una sonrisa, mas tampoco posee un rictus severo, sino más bien la boca firme y los ojos centrados en lo que hace, porque Verónica es ante todo una mujer meticulosa.
Por las noches, no importa a qué hora empiece a cocinar yo, siempre la veo frenética enfrascada en el baile de la cena. Pone una olla, abre el horno, corta un pan, pica una cebolla, abre la heladera, cierra la heladera... Es como si se diera un shoot de azúcar antes de empezar. 
Verónica no vive sola. Bajo el manto nocturno, un hombre suele entrar de manera furtiva a la cocina y abrazarla por detrás, o girarle alrededor, o tratar de llamar su atención. Pero no, ella solamente está concentrada en la cena y nada va a sacarla de allí, ni siquiera mi constante y atenta mirada. Ante la imposibilidad de alcanzarla, pues, el hombre se marcha hacia otro área del departamento que permanece siempre con las cortinas cerradas pero que, deduzco, se trata de la sala de estar.
Anoche yo estaba cocinando arroz y mucho temo que no solo se pasó sino que también se quemó. Apreciaba la dinámica de Verónica cuando noté en sus labios una ligera curvatura descendente, cual "u" invertida. No estaba concentrada, sino... Bueno, no sé qué estaba, pero algo diferente había en ella. Se movía igual de rápido que siempre pero esta vez de manera más brusca, más intempestiva y mucho menos cuidadosa. Sus ojos, incluso, que siempre estaban fijos en lo que hacían sus manos, ahora iban al techo y volvían a bajar, torcía el gesto, se mordía el labio.
No sé qué pasó después, o si mis pensamientos no me dejaron percatarme de alguna palabra evocada por entre sus labios, pero vi como levantaba el puño y, cual martillo justiciero, lo dejaba caer con todo el peso encima de la mesada. Con ambas manos haciendo fuerza sobre la misma, Verónica separó el cuerpo de aquella superficie de apoyo, y agachó la cabeza permitiendo a uno de sus mechones de pelo caer cual caricia única por el costado izquierdo de su rostro.
Un dolor olvidado pinchó mi corazón.
Hubiera gritado a Verónica que no importaba lo que estuviera pasando, de seguro no valía lo suficiente como para salirse de la belleza de su día a día de aquella manera. Y me vi a mí misma, entonces, juntando los pedacitos de un alma rota, poniéndolos en una olla, y esperando que alguna magia culinaria termine por pegarlos.
No pasó ni un minuto antes de que se irguiera nuevamente, se pasara las manos por los ojos, acomodara su cabello y, tras un suspiro, volviera a la carga con la dichosa cena.
Escaso tiempo después, el hombre llega a la casa y la ve en el estado habitual; en el estado de siempre. La saluda con un beso, le charla mientras saca una gaseosa fría de la heladera, y ella asiente y sonríe mientras la cosa transcurre de la manera más común e inadvertida de todas.
Pero yo lo sé.
Yo sé que Victoria no dice ni un cuarto de lo que piensa y que a veces la vida la excede.
Ella dejó de llorar, pero yo lloré por ella mientras golpeé la mesada por un arroz quemado.
Me pregunté, mientras volvía a empezar, si en el cuarto piso de enfrente alguien me estaba mirando mientras todo esto sucedía. 

Me pregunto, ahora... si yo no soy Verónica.

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